1,2,3 NOSOTROS

mayo 10, 2020



Capítulo 1

Todos venimos a esta vida a cumplir un propósito, un para qué?

“Lo que está destinado a suceder siempre encontrara una forma única, mágica y maravillosa de manifestarse”.

Anónimo.



Tengo 51 años al momento de escribir este libro y si tuviera que retroceder el tiempo y volver a escoger una profesión, ya con plena conciencia de mis capacidades, volvería sin duda a ser entrenador de Baloncesto.
Este, es un deporte al que yo llamo el más completo y fascinante del mundo. Al cual pudiera dedicarle un libro entero sobre mis argumentos. Pero no es lo que quiero expresar en este. Sino  lo mucho que he aprendido de él y como lo he transmitido a las personas que han pasado por mi vida, ya sean alumnos, entrenadores, padres de familia, amigos, empresarios, periodistas, así como las personas que han influido en mi para ser quien soy dentro y fuera de la cancha. Sobre todo dentro de ella. Donde, a través de los valores que rodean a este increíble deporte y su aplicación de manera contundente, hemos logrado triunfar en los mejores torneos de baloncesto menor del mundo, incluyendo el de la potencia número 1 de esta disciplina, Estados Unidos. Así como servir de inspiración y ejemplo para la gran mayoría de alumnos que ha pasado por mis manos, donde el mayor porcentaje, como es común,  no llego a convertirse en jugadores profesionales del baloncesto y en sus ocupaciones fuera del deporte, aplican en gran medida, todo lo aprendido en este proceso formativo tan útil y valioso para la vida. Logrando convertirse en personas exitosas en todo sentido.


 A su vez, todos venimos a cumplir una misión en nuestro paso por este mundo, un “Propósito”, un “Para qué”. El cual debes identificar y trabajar en pro de llevarlo a cabo con todas tus fuerzas. Ya que es ahí donde encontraras la plena realización como ser humano. El mío definitivamente lo halle e internalice a mis 18 más o menos, cuando asumí conscientemente que tenía un gran don para hacer que mis alumnos, mas allá de ganar campeonatos, pensaran como ganadores. Aunado al hecho de que cualquier joven que llegaba a mis manos quedaba encantado del baloncesto y mi forma de enseñarlo. Definitivamente había algo que enganchaba de entrada y hacia que estos dieran lo mejor para lograr metas en común. Lo que en aquel entonces, se traducía en ganar campeonatos de la liga intercolegial de la amistad. La mejor liga escolar de aquella época de los 80’ en Caracas-Venezuela, creada por mi padre, Juan Silva, quien fue el que me involucro en esto de enseñar baloncesto a mis 17 años. Y el que me guió durante muchos años como mentor, lo cual fue determinante para lo que vino después.

A través de la enseñanza del baloncesto, había encontrado mi propósito de vida, el cual es “Formar seres humanos exitosos para la vida utilizando el Baloncesto como medio para tal fin”.


Mis inicios se remontan a Chile, país donde nací en 1968 y me crié hasta los 8 años. Allá mi padre trabajaba como profesor de aula y entrenador de baloncesto en un Liceo de Valparaíso.
Realmente no tenía conciencia de lo que él hacía en aquellos tiempos, pero un día ocurrió algo que definitivamente quedaría grabado en mi mente desde entonces y sería un potente presagio de lo que estaría presente en mi vida en el futuro.

Una tarde, a mis 6 años más o menos, acompañe a mi padre al negocio de un amigo, el cual tenía un taller donde trabajan el vidrio para hacer ventanas y todo lo referente a este. A su vez, este amigo también era jugador de baloncesto y tenía en su taller arrinconados en una esquina, un par de pelotas de basket. Las cuales vi al momento de salir del establecimiento y me quede mirándolas por varios segundos, eclipsado por aquellos artefactos de color naranja. Sentía que en ese instante querían decirme algo. Fue un momento mágico de transmisión de energía. La atracción más grande que he sentido por objeto alguno en mi vida, la cual perduraría por siempre. Definitivamente, un amor para toda la vida.

Aunque en aquel entonces, por vivir en Chile, un país netamente futbolista, se practicaba mucho este deporte, al fútbol me refiero. De hecho, no hacia otra cosa que jugarlo. De igual manera, donde vivíamos tampoco había canchas de baloncesto. Solo terrenos baldíos los cuales aprovechábamos para armar las más grandes partidas de fútbol de la zona. Sin embargo, siempre en mis momentos de calma, me acordaba de mi encuentro con aquellas figuras naranja. Ese recuerdo me perseguía constantemente.

Así transcurrió mi infancia hasta llegar a mis 8 años, donde por razones políticas de la época, tuvimos que emigrar.
Chile fue objeto de un golpe militar en 1973, donde el entonces presidente Salvador Allende fue derrocado por el que sería el dictador de nuestra nación hasta  1990, Augusto Pinochet. 

Asimismo, las condiciones no eran favorables para nuestra familia y cada día empeoraban más. Por lo que mi padre decidió salir de Chile rumbo a Venezuela. País que en ese momento era el paraíso de Sudamérica. Sus condiciones económicas, así como sus hermosos paisajes y su situación geográfica lo hacían muy atractivo para quienes tuvieron la misma suerte que nosotros. 

Fue el destino de varios chilenos en aquellos años 70, así como el de muchos extranjeros. De hecho, Venezuela se transformó en un país que recibió durante décadas, inmigrantes de todos los continentes. Chinos, musulmanes, italianos, españoles, portugueses, turcos, americanos, canadienses, chilenos, peruanos, argentinos, uruguayos, colombianos, judíos y tantos más de otras nacionalidades que llegaría  a escribir 2 hojas completas con todas las involucradas. Y a todos sin excepción, nos recibió con los brazos abiertos. Muchos nos sentimos tan identificados y felices en esta nación, que la adoptamos como nuestra patria. Tan es así, que a pesar de sentir un gran amor por Chile y otros países en los que he vivido como Colombia y Perú, considero a Venezuela como mi patria querida. Inclusive sin haber nacido en ella. Y me duele en el alma lo que está pasando (año 2020) con este gran país. Una nube negra se apodero de este desde 1998 y no ha dejado de estar presente. Solo le pido a dios que acabe esta pesadilla y podamos disfrutar nuevamente de uno de los mejores países del mundo.

Así, llegamos a Caracas en 1976. Una ciudad hermosa, pujante, llena de oportunidades, donde nos adaptamos paulatinamente a medida que pasaba el tiempo.
En aquellos años, mi padre consiguió trabajo en un excelente colegio del este caraqueño. Era el Don Bosco de Altamira. Comunidad salesiana muy arraigada en Venezuela y el mundo. Ahí entre a estudiar el sexto grado ya con 11 años cumplidos. Y de inmediato empecé a practicar baloncesto, de la mano de mi padre como entrenador, quien aparte de ejercer este cargo, también era el coordinador de deportes. En ese instante, coincidimos en la cancha varios compañeros de clase que estudiábamos en el mismo salón de sexto grado, donde solo había una sección por curso.

Era un grupo muy talentoso que rápidamente dio de que hablar en el colegio, así como en la liga intercolegial. Nos posicionamos como los mejores de nuestra categoría Infantil (aunque yo era minibasket todavía, era de los menores) y le ganábamos a todos los colegios que se atravesaban en nuestro camino. Estábamos hechos para el baloncesto. Soñábamos con basket, hablábamos de basket, salíamos corriendo al sonar el timbre del recreo para jugar basket y al sonar nuevamente la campana para finalizar el recreo, nos quedábamos más tiempo jugando basket. De hecho, varias veces llegábamos tarde a clase por este motivo. Lo cual nos traía consecuencias negativas con los profesores.



Fuimos bautizados en el colegio “Los Basquetbolistas” y así éramos conocidos en todo el ámbito escolar del Don Bosco. Los mismos profesores de otras materias, nos decían así. Muchas veces al llegar al salón de clase, tarde como casi siempre, los profesores se referían a nosotros con esta frase Los basquetbolistas tenían que ser” de manera algo despectiva.
Y así empezó nuestro trajinar en la vida escolar y deportiva del colegio. Construimos un equipo de ensueño que nunca perdió un campeonato desde sexto grado hasta graduarnos de bachilleres. Es decir, nos retiramos invictos del colegio. Si perdimos un par de partidos en el camino, pero nunca una final. Y llegamos a todas desde nuestro inicio.
Sin embargo, a pesar de todo el éxito como deportistas dentro de la cancha, fuera de esta no éramos tan unidos. De hecho no lo éramos para nada. Teníamos  nuestros subgrupos con los cuales compartíamos durante el resto del tiempo. Y fue acá donde aprendí una de las lecciones más importantes de mi vida en cuanto a trabajo en equipo y liderazgo.

Fuera de la cancha éramos tan distantes que resulta casi imposible creer que dentro de esta nos iba tan bien. El secreto radicaba en que tuvimos al frente alguien que nos hizo entender que para triunfar en el baloncesto así como en la vida, teníamos que apartar nuestras diferencias, dejar de lado los egos, aprender a aceptarnos tal y como somos y trabajar juntos para lograr objetivos en común “El talento gana partidos pero el trabajo en equipo gana campeonatos” (Michael Jordan). Ese líder era mi padre. Alguien que logro que nos enamoráramos del baloncesto y dentro de la cancha nos tratáramos como los mejores amigos y colegas a pesar de nuestras marcadas diferencias.

Cabe destacar que cuando teníamos 15 años, tal era nuestro compromiso con el equipo, que ese año, algunos de nosotros teníamos malas notas. Por tal motivo, seriamos castigados con no poder jugar al baloncesto mientras no subiéramos las calificaciones. Entonces, establecimos un plan de tareas donde 2 tardes a la semana, nos reuníamos los del equipo a estudiar en la biblioteca del colegio. Ahí, los más avanzados, ayudaban a los que nos costaba más asimilar esta parte. Así como en la famosa película de baloncesto y una de mis favoritas, “Coach Carter”.




A su vez, el colegio concreto unos horas de recuperación académica en las tardes para alumnos que lo necesitaran. Y ambas estrategias dieron excelentes resultados.
Fue en ese instante donde asimile profundamente otras 2 grandes lecciones de vida, sumadas a la anterior de trabajo en equipo y liderazgo, las cuales transmito como prioridad a mis alumnos desde entonces;
  • Los estudios son tan importantes como el deporte y viceversa. Por tal motivo siempre deben acompañar a las personas en su desarrollo como tal. Ambos trabajan en sinergia para formar seres humanos sanos y competentes.
  • La carrera deportiva profesional dura en promedio 8 años y específicamente en el baloncesto ese número baja a 6, mientras que los estudios duran toda la vida. A su vez, el porcentaje de personas que llega a vivir del deporte es menos del 1% de la población mundial.

Ojala, todos los entrenadores que forman deportistas, tuvieran estos criterios bien arraigados para poder transmitirlos a sus alumnos, así como interiorizar la enorme responsabilidad que tenemos al respecto. Creo que sería un gran paso para tener mejores personas, así como útiles en una sociedad que requiere de ellos para su evolución. Y no tener que ver tantos casos de deportistas fracasados, sumidos en la miseria y depresión, sin rumbo,  con opciones tan limitadas por su pobre formación. Pero la realidad, es que muchos entrenadores no tienen idea de lo que significa formar para la vida, ya que ellos nunca tuvieron a alguien que les enseñara estos valores. En consecuencia, se trasmite una cadena en el tiempo, con jugadores carentes de herramientas valiosas que necesitaran en determinado momento. Y al no tenerlas, se producen resultados poco alentadores. Tan es así, que se ha llegado a conocer casos de suicidios producto de enormes depresiones por sueños frustrados. Donde la falsa idea que algunos profesan, de que todos pueden llegar a ser profesionales, se traspasa de generación en generación. 

No, no todos van a llegar a ser profesionales. De hecho, llegara solo una minoría. Y un número aún más pequeño se mantendrá en ese mundo. Por consiguiente, hay que estar preparado en otras áreas para triunfar en la vida. Por favor, no olviden esto nunca.

Entonces, sirva el presente libro para realizar un aporte tanto para jugadores, entrenadores y padres de familia hacia el camino correcto, desde mi perspectiva, para lograr adultos exitosos, felices y más importante aún, realizados.

Volviendo a nuestro equipo, ciertamente éramos muy talentosos. De hecho, 4 jugadores de nuestro quinteto inicial de todos los tiempos, fuimos en años diferentes, mejores anotadores en la liga intercolegial. Digo fuimos, porque a mí me correspondió ese honor a los 15 años. 

Por consiguiente, como frenar a un equipo que tenía 4 jugadores que encestaban 15 puntos cada uno en promedio con un average colectivo de 70 puntos por partido. Algo totalmente fuera de lo común. Un gran problema para los demás colegios. Para ser más específico, establecimos algunos records que hoy en día creo que se mantienen, por ejemplo; 70 puntos en un partido convertidos por un solo jugador, 138 puntos en colectivo en un solo partido contra un colegio que no nombrare por respeto (ellos solo encestaron 26 puntos), 4 mejores encestadores en años diferentes, nunca haber perdido una final.

Tanto éxito tuvimos, que en una temporada cuando éramos sub16, participamos en un campeonato distrital como colegio quedando en quinto lugar. Eso para unos alumnos que solo jugaban una liga colegial fue muy significativo. Ya que en la liga distrital, juegan los mejores clubes del oeste de Caracas. Donde está el mejor baloncesto de Venezuela.
Definitivamente, años dorados que dejaron un legado de enseñanzas que posteriormente servirían para aplicarlas como formador.
Ya a mis 17 años, casi listo para graduarme de bachiller, por obvias razones  venia pensando desde tiempo atrás que hacer al salir del colegio? Que estudiar? Dónde? Y qué carrera me gustaba?

También por mi mente había pasado miles de veces la idea de seguir una carrera profesional en el baloncesto. Sin embargo, lo que veía en la liga profesional de Venezuela no era tan alentador. Sueldos bajos, malos tratos hacia jugadores, nula posibilidad de estudiar paralelamente, mucho menos fuera del país. Por lo tanto, había que escoger lo que teníamos a la mano.

Entonces mi decisión fue estudiar electrónica. Carrera que me gustaba bastante. Pero en ese momento choque con la realidad. No había sido buen estudiante y mi promedio de notas era bastante bajo. Lo que produjo nefastos resultados en los exámenes de admisión de las buenas universidades.
En casi todas me rechazaron. Y tuve que replantearme cosas teniendo en cuenta mi realidad académica.

En Venezuela, existen aparte de las universidades grandes, otras más pequeñas que tienen en sus ofertas académicas carreras cortas a nivel técnico. Donde se pueden obtener títulos universitarios en 3 años. Están eran ideales para mí, ya que los requisitos no eran tan exigentes como en una universidad reconocida.

Fue así que presente la prueba de admisión en una de ellas y quede seleccionado en la carrera que quería estudiar, Electrónica. Lo que más me gustaba de este recinto universitario, era que quedaba al lado de la playa. Algo que amo profundamente y es uno de mis sitios de esparcimiento más apreciados. Aparte de tener un equipo de baloncesto bastante competitivo e instalaciones muy cómodas para los estudiantes.



Así empezó mi carrera universitaria en la Universidad Simón Bolívar sede del Litoral. Acá me di cuenta de algo que había estado escondido por mucho tiempo durante el bachillerato y era mi facilidad para las matemáticas. De hecho, en mi curso era de los 3 mejores estudiantes y siempre competíamos entre nosotros para ver quien sacaba la mayor nota. Varias veces gane, lo que significaba algo motivante dentro del sistema educativo, aparte del deporte.

Paralelamente, hice el tryout en el equipo de baloncesto, donde quede seleccionado de una vez. Mi nivel en aquellos años era bastante bueno así como mi don de líder. Lo cual se hizo notorio rápidamente en el ambiente universitario, ya que en las competencias internas de deporte, armaba mis equipos para competir y siempre estábamos en los primeros lugares. Tenía equipo de baloncesto, volibol, futbol sala (metía bastantes goles gracias a mi época de futbolista en Chile), aparte jugaba de manera individual los torneos de ping pong donde figuraba entre los 6 primeros, corría las carreras de cross country y quedaba entre los 8 primeros. En fin, era un atleta en todo el sentido de la palabra.  La guinda del pastel era relajarme en la playa cada vez que tenía un rato libre y comer mangos de injerto como postre, los cuales abundaban dentro de la universidad, ya que había varios árboles de este fruto por todos lados. Definitivamente una época que ame con todo mi corazón.

Al mismo tiempo, en el colegio donde me gradué, el Don Bosco, se presentó la oportunidad de trabajar como entrenador un par de tardes a la semana y mi padre, quien era el coordinador de deportes me dijo que tomara el puesto. Justo eran las 2 tardes que tenía libre en la universidad y como el dinero me caía de perla en ese momento, acepte.
Debo reconocer que al principio odiaba esta profesión. De hecho se lo hice saber a mi padre varias veces. No disfrutaba enseñar. No tenía paciencia con mis alumnos y decía abiertamente que nunca me dedicaría a eso. Que increíble es la vida y cuan real esta frase que dice “Nunca digas de esta agua no beberé porque el camino es la largo y te puede dar sed”.

De igual manera seguí trabajando, haciéndolo lo mejor que podía y a medida que pasaba el tiempo le iba agarrando cariño. Ayudo mucho el hecho de que recibí al principio, 2 equipos muy talentosos para entrenar. Uno categoría minibasket y otro categoría infantil. Los cuales inscribimos en la liga colegial de una vez. Donde ambos empezaron a ganar casi todos los partidos. De hecho, el equipo infantil se mantuvo invicto durante toda la temporada y el mini perdió solo un par de partidos.

Esa sensación de ganar y lograr que mis alumnos se enfocaran en eso, fue el detonante que cambio por completo mi percepción de ser coach de baloncesto. Me encantaba sentir superioridad con respecto a otros equipos, siendo tan joven y novato. Sumado al hecho de que me gustaba mucho al ambiente que se crea en un equipo producto de esas victorias. Era el alimento ideal para al alma. El cual ya había vivido como jugador en mi época escolar. Pero ahora lo vivía del otro lado, el de entrenador, lo cual era gratificante.

Así transcurría ese año entre estudios universitarios y trabajo en el colegio, dentro del cual me sentía cada día más a gusto. Mi fobia a ser entrenador había desaparecido completamente y mi interés por la parte académica empezó a decaer. Fue tan abrupta esta caída, que en un determinado momento, las únicas materias que lograba pasar y con moderada nota eran matemáticas, física y laboratorio. Las demás ni estudiaba, lo cual trajo consecuencias nefastas en mi rendimiento. De hecho, en la USB existía una política de estudios donde había que cumplir un cierto número de créditos por trimestre para poder aprobar y al final de año se contaban todos. Ahí se sabía quién continuaba en la universidad y quién no. A mí me toco no continuar.

Era tal mi concentración en el baloncesto, que me entere al final del año en la universidad que mis créditos no eran suficientes para mantener mi cupo. Lo que produjo la pérdida del mismo de manera inmediata. Yo no lo podía creer. Como era posible que no me diera cuenta de lo que estaba pasando académicamente. Estaba quedando fuera de una universidad que me encantaba y todo por pensar solo en baloncesto. Fue un golpe difícil de asimilar. Lección, "Se pueden hacer muchas cosas a la vez, solo organízate y dale a cada una su respectivo valor en tiempo"

En ese instante, seguía como entrenador del colegio y el año escolar, así como la liga estaban llegando a su fin. Íbamos muy bien con ambos equipos y los 2 clasificaron a las semifinales. Donde el Infantil paso y el mini no. Posteriormente ese equipo mini quedaba tercer lugar y el infantil quedaba campeón invicto.

Esa sensación de ganar un campeonato como entrenador siendo tan joven y novato fue indescriptible. Lo de la universidad había quedado en un segundo plano, aunque pasada la euforia del momento, seguía doliendo. 

Paralelamente, existía el júbilo de ser el entrenador más joven de la liga en conseguir un título de campeón. Definitivamente un talento innato estaba presente en mí y quería explotarlo al máximo.

Al finalizar ese año escolar, después de ese par de acontecimientos tan contundentes, se produjo en mí una fuerte lucha interna sobre qué hacer con mi futuro. Por una parte, sabía que debía estudiar una carrera porque era lo correcto y nadie podía vivir bien solo con ser entrenador de baloncesto. Por otra parte,  la idea de dedicarme a ser entrenador a full time, también era poderosa, aun sabiendo que no era bien pagada.

Los días siguieron pasando y llego el próximo año escolar.  Donde el nuevo contrato en el colegio no se hizo esperar. Acepte sin chistar y comenzó otra aventura con 2 equipos más bajo mi mando. Los mismos que había dirigido la temporada anterior, pero ahora en una categoría más arriba ambos.

A la vez, a comienzos de ese año, en el mes de octubre, se presentó la oportunidad de realizar 3 cursos de baloncesto durante 3 fines de semana seguidos en la UPEL (Universidad Pedagógica Experimental Libertador). Los niveles eran 1, 2 y 3. Justo los niveles que se estudiaban en esa universidad para aprobar la asignatura de baloncesto en la carrera de educación física. Los mismos se habían comprimido en un fin de semana cada uno y para aprobar se tenía que presentar un examen final.

Yo tenía apenas 18 años y era el entrenador más joven que se había inscrito en los cursos. Había entrenadores de todo el país, ya que no era común realizar este tipo de formación en baloncesto por ningún organismo público ni privado y la convocatoria fue abrumadora. Recuerdo haber contado unos 200 entrenadores más o menos y los cursos fueron excelentes en todo sentido. Aprendí muchísimo de todos los entrenadores, especialmente de los ponentes.

Una vez concluidos los 3 niveles, en el tercer fin de semana, llego la hora de la verdad, el examen final. Y lejos de centrarme en estudiar los contenidos, me concentre en lo que había aprendido y retenido. Sabía que había sido provechoso. Mi atención a las clases fue profunda y estaba consciente que tenía mucho baloncesto dentro de mí. Sin embargo, los nervios de hacer un examen tan largo con tantos postulantes, todos mayores que yo, era intimidante. No obstante, me relaje y conteste todo apoyándome en lo que tenía en la cabeza.

El resultado no pudo ser más motivador, había aprobado con una excelente nota. Tanto así, que de manera privada, el profesor director del programa, me llamo aparte para felicitarme y decirme que tenía la nota más alta del curso. Algo que me hizo sentir con más  fuerza que nunca lo que ya estaba experimentando en la cancha.

A partir de ese instante, 18 años cumplidos, solo quería ser entrenador de baloncesto por el resto de mi vida. No había en el mundo una profesión que quisiera más que esa. Amaba ser Basketball Coach




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